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Tirar dados cuando la vida no te deja

Jugar al rol siendo adulto

Imagina esto: como cada año llega tu cumpleaños, tus amigos y familiares se han organizado y te han preparado una fiesta, traen la tarta, soplas las velas, y con todo el cariño te regalan algún juego chulo de mesa, quizás uno de rol. ¿Te suena?

Es una sensación agridulce. Por un lado te hace mucha ilusión, tus amigos te conocen y te regalan justo algo que deseabas, pero por otro lado…. ains, de ¿dónde vas a sacar el tiempo para jugar?

Es así. A medida que soplamos velas, estas vienen acompañadas de más responsabilidades. Es complicado ser un adulto funcional y, al mismo tiempo, sacar tiempo para nuestros hobbies. Lo hemos aceptado como una regla más del juego. ¿Pero estamos jugando bien?

Trabajar, criar a tus hijos, atender a tu pareja, sacar al perro, regar las plantas, hacer la compra, pagar facturas, mantener la casa mínimamente habitable… y, además, encontrar una tarde para reunir a cinco personas alrededor de una mesa.

Agobia solo de pensarlo.

Lo normal es entrar en parálisis y dejar de lado aquello que consideramos “superfluo”. Primero cancelamos una partida. Después dejamos la campaña para el mes siguiente. Finalmente, los libros terminan acumulando polvo en la estantería mientras repetimos esa peligrosa frase:

—Ya jugaremos cuando tengamos más tiempo.

Pero ese momento casi nunca llega por sí solo.

Jugar es algo muy serio

Los especialistas en salud mental llevan tiempo señalando la importancia del juego durante la etapa adulta. Sin embargo, conforme crecemos, parece que jugar se convierte en algo que debemos justificar.

Podemos ir al gimnasio porque es saludable. Podemos ver una serie porque necesitamos descansar. Incluso podemos pasar una hora mirando vídeos en el móvil sin saber muy bien por qué. Pero dedicar una tarde a interpretar a un hechicero, investigar un asesinato o explorar una nave abandonada puede parecernos una frivolidad.

Y no lo es.

Los juegos de rol ponen en funcionamiento la imaginación, el pensamiento lógico, la improvisación, la resolución de problemas, la empatía y el trabajo en equipo. Nos obligan a escuchar, negociar, interpretar otros puntos de vista y construir algo junto a otras personas.

Pero existe un beneficio todavía más sencillo y poderoso: divertirnos.

Reír con tus amigos, emocionarte con una historia y dedicar tiempo a algo que realmente te hace vibrar también es calidad de vida. No todo tiene que ser productivo, rentable o servir para mejorar nuestro currículum.

A veces jugar sirve, sencillamente, para recordarnos que seguimos vivos.

Lo urgente no debe silenciar lo importante

Cuando estamos saturados, tendemos a eliminar primero las actividades que no parecen obligatorias. El problema es que, si siempre sacrificamos aquello que nos hace felices, terminamos organizando nuestra vida únicamente alrededor de las obligaciones.

Y así, poco a poco, nos vamos marchitando.

El tiempo dedicado a jugar no es tiempo perdido. Es tiempo invertido directamente en nuestra felicidad, en nuestros vínculos y en nuestra salud emocional.

Por supuesto, el rol no sustituye a la terapia ni soluciona por sí solo nuestros problemas. Pero puede convertirse en un espacio seguro donde desconectar, expresarnos, sentirnos acompañados y recuperar una parte de nosotros que las responsabilidades mantienen constantemente enterrada.

Durante unas horas dejamos de ser el trabajador agotado, el padre preocupado o la persona que tiene veinte asuntos pendientes. Podemos convertirnos en exploradores, detectives, aventureros o criaturas imposibles.

Y, paradójicamente, a veces regresamos de esos mundos imaginarios un poco más preparados para afrontar el mundo real.

Convertir la organización en un juego de estrategia

Podemos plantearnos el problema como si fuera una partida de estrategia: tenemos recursos limitados y debemos decidir cómo utilizarlos.

El recurso más escaso no suele ser el dinero. Es el tiempo.

Un buen punto de partida es bloquearlo. En lugar de intentar jugar “cuando tengamos un hueco”, reservamos una fecha concreta y organizamos el resto alrededor de ella.

Porque cuando preguntamos:

—¿Cuándo podéis todos?

La respuesta suele ser nunca.

Es mucho más efectivo decir:

—Jugamos el segundo sábado de cada mes, de cinco a nueve.

Quizá alguien falte alguna vez. No pasa nada. La mesa puede continuar, adaptar la partida o preparar una aventura independiente. Esperar a que todas las agendas coincidan perfectamente es una de las formas más eficaces de no jugar jamás.

También conviene aceptar que nuestras partidas adultas no tienen por qué parecerse a las que jugábamos con dieciséis años.

Tal vez ya no podamos pasar ocho horas encerrados en una habitación, pero sí jugar durante dos horas y media. Quizá una campaña semanal sea imposible, pero una partida mensual puede funcionar. Puede que no tengamos energía para preparar mundos enormes, pero sí para dirigir aventuras cortas, escenarios ya publicados o partidas de una sola sesión.

El objetivo no es jugar mucho.

El objetivo es jugar.

Reducir las fricciones

Otra estrategia consiste en identificar las tareas que nos roban tiempo sin aportarnos demasiado. Todos sabemos cuáles son.

En mi caso, suele ser el dichoso TikTok y su doomscrolling: entras para mirar un vídeo y, cuando levantas la cabeza, ha pasado una hora y conoces quince polémicas que no te importaban en absoluto.

No se trata de eliminar todo entretenimiento rápido ni de convertir nuestro tiempo libre en una agenda militar. Se trata de preguntarnos qué actividades nos dejan realmente satisfechos.

Después de una tarde jugando al rol suelo recordar las bromas, las decisiones absurdas y los momentos épicos. Después de una hora deslizando vídeos, muchas veces ni siquiera recuerdo qué he visto.

También podemos facilitar las partidas de formas muy sencillas:

  • Elegir juegos con reglas ligeras y poca preparación.
  • Utilizar aventuras cortas o campañas divididas en episodios.
  • Jugar por internet cuando reunirse físicamente sea complicado.
  • Repartir tareas entre el grupo.
  • Alternar a la persona que dirige.
  • Terminar las sesiones a una hora acordada.
  • Jugar aunque falte algún miembro.
  • Mantener una frecuencia realista.

No necesitamos una sala perfecta, miniaturas pintadas ni seis horas libres. Necesitamos unas cuantas personas con ganas de compartir una historia.

Quizá los nuevos jugadores estén más cerca de lo que pensamos

Otro error frecuente es creer que solamente podemos jugar con nuestro antiguo grupo de rol. Ese grupo formado por personas que ahora viven en ciudades diferentes, trabajan en horarios incompatibles o tienen responsabilidades familiares.

Pero el rol también puede ser una forma de crear nuevos vínculos.

Muchos padres están descubriendo los juegos de rol junto a sus hijos. Las partidas pueden adaptarse a su edad, durar menos tiempo y centrarse en la exploración, el humor y la resolución creativa de problemas. Además de jugar, están construyendo recuerdos familiares y enseñando a colaborar, escuchar y tomar decisiones.

También puede ser una actividad estupenda para parejas. Interpretar personajes, resolver misterios o construir una historia juntos permite compartir un espacio diferente al de las tareas domésticas y las conversaciones cotidianas. Existen juegos diseñados específicamente para dos personas, por lo que ni siquiera hace falta reunir a un grupo completo.

Y no deberíamos olvidar a las personas mayores.

El rol puede estimular la memoria, la imaginación, la conversación y la conexión social. Una persona anciana no necesita conocer reglas complicadas ni haber jugado antes. Basta con plantearle una situación y preguntarle:

—¿Qué harías?

En el fondo, esa es la esencia del rol.

Podemos jugar con familiares, compañeros de trabajo, asociaciones culturales, vecinos o personas que nunca han tocado un dado de veinte caras. Los jugadores nuevos no son un sustituto de nuestros antiguos compañeros. Son una oportunidad para descubrir otras formas de jugar.

Jugar de otra manera también cuenta

A veces mantenemos una imagen demasiado rígida de lo que significa jugar al rol. Pensamos en campañas largas, grupos estables y sesiones presenciales de muchas horas.

Pero existen muchas alternativas.

Podemos jugar aventuras autoconclusivas, campañas cortas, partidas para dos personas, rol por videollamada o incluso partidas mediante mensajes. Podemos organizar una sesión especial durante las vacaciones o convertir una tarde familiar en una pequeña aventura.

Adaptar el rol a nuestra vida actual no significa traicionarlo. Significa mantenerlo vivo.

Ser adulto funcional no consiste únicamente en cumplir obligaciones. También consiste en reconocer qué cosas nos ayudan a funcionar, a conectar con otras personas y a sentir que nuestra vida merece la pena.

Puede que ya no tengamos las tardes infinitas de nuestra adolescencia. Puede que organizar una partida requiera calendarios, negociaciones y alguna tirada crítica de logística.

Pero seguimos teniendo derecho a jugar.

Así que abre ese libro que te regalaron. Escribe al grupo. Invita a tu pareja, a tus hijos, a tu padre o a ese compañero que siempre ha sentido curiosidad. Reserva una tarde, prepara algo sencillo y acepta que la partida no será perfecta.

No hace falta esperar a tener más tiempo.

Hace falta decidir que jugar también es importante.

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